Jacinto vive
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Jacinto vive

Mayo 16, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

Un perro insepulto es de lo más indigno que uno puede experimentar, pues se trata de uno de los animales con mayor sintonía en la condición humana.

La moral católica, a diferencia de la protestante, no ha podido asumir de manera real la posibilidad de abrir camposantos para canes, lugares donde uno pueda ir un domingo a llevar flores, a ‘conversar’ con el difunto, a recordar sus pilatunas mientras cae una llovizna de Hollywood y se nos arruga el corazón.

Creo que si se hace una encuesta en Colombia, hasta un 80% de los nacionales considerarían que es justo, digno, nítido, tener la opción de ofrecer honras fúnebres por el amigo más fiel. Ya orar por él, dar responsos, es otro asunto, pues entraríamos en la discusión acerca de si perros, gatos, conejos, van o no al reino de los cielos, o tienen reservado un lugar desde donde nos miran diariamente, después de su deceso.

No podemos continuar con la costumbre tibetana de dejar esos animalitos que tanto amamos a la intemperie, después de su muerte. Se ve mucho en los sectores populares. Bruno, el leal, el devoto, el que aparece en las fotos meneando cola en los paseos, empujando gente para salir en la foto de Navidad, es llevado a un basurero, sin ninguna compasión, cuando deja existir.

Tuve dos perros en la vida; ‘Gitano’, un labrador de pelo dorado que me regaló mi madrina rica -recibió este nombre en homenaje al toro de Michel Ray en la película ‘El niño y el toro’-, y un pastor alemán que no le hacía ningún homenaje al Tercer Reich. ‘Kaiser’ creció alegre entre nosotros, con todas sus vacunas, hasta que en una tarde se septiembre murió triste debajo de la mesa del comedor. El veterinario del puerto dijo que había sido víctima de una enfermedad que oía nombrar por primera vez en mi vida: hidropesía.

Este último perro me acompañaba al mar, en un tiempo en que me dio por entrar a las olas con ropa y todo. Volvía a casa chorreando agua salada por las calles, y con mi fiel amigo también excitado por el agua de mar, pues avanzaba hacia el océano, dando ladridos de felicidad, cuando entendía que era lícito entrar en ese estanque de canoas y barcos que echaban humo a lo lejos.

La casa que adquirí en Hartford, Connecticut, tenía una primorosa casa perruna en el jardín, la misma que siempre estuvo sola pues, por diez años, tomé la decisión de viajar por el mundo. No tenía ni hermanos, ni vecinos, ni suegra que vinieran a pastorear al can. Una guardería para mascotas ahí es supremamente costosa. Sin embargo, llevaba hasta la casita las almohadas viejas, quizá con la esperanza de volver a tener un perro. Este mullido rincón, se volvió a cambio cálido refugio de ardillas y zarigüeyas.

Mi última mascota fue un conejo. Lo encontré muy chiquito en una jaula. Tenía unas hermosas manchas lunares y se desplazaba más rápido que otros. La vendedora me advirtió que ese era un signo de salud e inteligencia. Llegué a casa con el conejo ‘más abeja’ y este adquirió una domesticidad inusual. Iba libre por la casa con una pulcritud ejemplar -eligió un rincón del patio para sus asuntos más íntimos- dormía debajo de mi cama y recibía a los visitantes con sus ojos claros, inocentes. Lo llamé ‘Jacinto’ porque tenía cara de Jacinto, de campesino incorruptible, de un ser puro en esencia. De pronto el cartero debía gritar en la calle, porque el timbre no funcionaba; o me quedaba sin música o televisión por varios días. Jacinto amaba masticar cables y nunca entendí por qué era inmune a una electrocutada.

Un día desperté en medio de lamentos de dolor, como cuando muere un cristiano. Jacinto había amanecido frío como la madrugada y no tuve tiempo de decirle adiós. Tampoco quise verlo en su postrer partida. Ordené sepultarlo junto a la casa. Sobre su tumba fue sembrado un aguacate, el mismo que acaba de darme una primorosa cosecha.

Sigue en Twitter @cabomarzo

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